Betania: Religión
Hoy voy a hacer copy&paste, ya que mi amiga Betania ha escrito una entrada que he de tener en cuenta. Es excelente. Qué manera de redactar, qué polite todo, qué sincero, qué verdad, qué síntesis, qué “patada” a los que creen en las musarañas. Por todo esto y más, os dejo aquí estas maravillosas líneas:
Aunque parezca por el título que el tema de esta entrada son las guerras ocasionadas por la religión no es así. Hoy lo que voy a tratar aquí es una teoría que me lleva rondando acerca de la razón no de la religión, sino de su propia creación.
Desde los tiempos más lejanos, antes de la Edad Media y, seguramente, antes de la aparición de la filosofía, el ser humano comenzó a plantearse la necesidad de dar sentido a su existencia. Y al no tener los medios necesarios -como los que ahora poseemos- , la única solución posible para ellos era que “Algo” nos había colocado aquí por “algo”. Sin embargo, me he dado cuenta de que antes de las guerras entre religiones, de las persecuciones de cristianos por latinos, de musulmanes por cristianos y de cristianos por musulmanes, las razones de la guerra no eran las diferencias entre creencias, sino la necesidad de avance, poder y superioridad que todos los seres humanos perseguimos instintivamente. Es una aplicación más de la Ley del más fuerte: los débiles deben ser eliminados para favorecer así el desarrollo de la raza.Y que mejor modo de averiguar quien es el más fuerte que poniéndose a examen en la guerra.
Sin embargo, el miedo es algo innato en la raza humana. Nuestra capacidad de razonamiento es, además de nuestra mejor arma, nuestro talón de Aquiles, pues nos permite ver con claridad las situaciones de peligro, con la suficiente claridad como para sentir el temor de sufrir algún daño. Al darme cuenta de esto, me pregunto que era lo que impulsaba a los primeros guerreros a luchar por una supremacía pocas veces impuesta, y la única respuesta que me viene a la cabeza es una: Dios.
Si analizamos todas las religiones, todas aseguran que hay vida después de la muerte, que los que trabajan al servicio de su dios obtendrán por seguro un lugar a su lado, donde la felicidad es plena e infinita y no hay más dolor ni sufrimiento.
Creo que, llegado un momento en el que la conciencia humana había evolucionado lo suficiente como para darse cuenta de que lo que realizaban podía suponerles la muerte, comenzaron a renegar de la guerra, a temerla, y a temer morir. Pero unos cuantos, unos que querían dominar todo lo que les rodeaba, decidieron buscar una solución, una solución sencilla, fácil de alcanzar, de imponer. Si tu juras a un soldado que, aunque muera durante la batalla, irá a un lugar mejor, perfecto, feliz, donde seguirá viviendo eternamente, este se mostrará menos reticente de ir a la guerra, e incluso lo hará gustoso, con la esperanza de ver ese lugar maravilloso al que, en el cristianismo, llaman cielo. El hecho de ser inmortal es seguramente lo que más convence a las personas para unirse a una religión: algo que supuestamente nos fue arrebatado por el Pecado Original que todos llevamos en la sangre. Algo que el ser humano siempre ha añorado y perseguido.
Las mentes de aquellos primeros soldados eran aún rudimentarias -en comparación con las nuestras-, por lo que no costó mucho convencerlos. La tradición se fue extendiendo al resto del mundo antiguo, mutando de un lugar a otro, hasta que cada pueblo creyó en un cielo y un dios distinto. Y, como ya dije en un principio, el ser humano busca la supremacía sobre los demás: si bien antes lo único que se intentaba era de gobernar o tener más tierras que los que te rodean, ahora también se trata de inculcar tus creencias en los demás, les guste o no.
Con el tiempo, las creencias se fueron diversificando, provocando guerras de todos contra todos, sin darse cuenta de que todos los que creen, creen en lo mismo: una invención para la guerra, apoyada por todos, para así poder creer en que la vida será mucho más bonita cuando mueras.
Lo que es inconcebible es que, miles de años después de esta invención tan creativa, la gente siga creyendo en esas religiones arcaicas, que se santigüen cuando dices alguna “barbaridad” sobre el demonio (un tema que también trataré algún día), la virgen o el mismísimo Dios padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra, o que consideren amoral aquello que contradice sus creencias, cuando ni siquiera saben cual es el significado de esa palabreja. Y que hagan ojos ciegos y oídos sordos cuando se les nombra alguna barbaridad realizada por su amada y santísima Iglesia (ver Inquisición, Cruzadas, Yihad, etc.).
Y todo esto, por el miedo que sentimos, por no tener que enfrentarnos a la realidad. Por la razón, y al mismo tiempo, por su ausencia.


